Antes de un laboratorio, un proyecto o una beca, hubo una pregunta. Esta es la historia de cómo las inquietudes cotidianas de las juventudes en la UNER, se transforman en los primeros pasos de una trayectoria científica.
Cuando le preguntas a un/a joven cómo fue la primera vez que pensó un tema de investigación, podés imaginar respuestas que implican grandes hazañas u otras que se acercan a un imaginario común: un momento de “iluminación de película”. Pero en realidad, es algo bastante diferente. Abril Marcel, participa de un proyecto de investigación en el campo de la salud, y asegura que ciertamente no fue nada de todo eso, sino que ese “click” se fue armando muy de a poco.
En universidades públicas como la Universidad Nacional de Entre Ríos, la ciencia no siempre empieza en un laboratorio, también empieza en las aulas, en un pasillo, en las habitaciones estudiantiles, cuando los y las jóvenes necesitan indagar en sus orígenes o en los del mundo, cuando algo del territorio entrerriano y su gente toca su puerta, después de mirar una película, conocer una sala de un hospital, o con un mate -sí, porque también hay estudios sobre el mate-. Ese primer acercamiento es a través de una pregunta que parte de otro estímulo y tiene el atrevimiento de querer transformar el mundo. Y lo cierto, es que en esa relación con el conocimiento, las juventudes van construyendo su identidad y una visión de futuro que es el nuevo combustible social para el desarrollo.


Abril Marcel obtuvo la Beca de Estímulo a la Vocación Científica (EVC) del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), y pertenece a la Facultad de Ciencia de la Salud. Su tema de investigación, surgió cuando en la combinación de cruzar acceso a la salud y género, se preguntó por qué siempre anclar en poblaciones que viven en las ciudades. E irrumpieron dos preguntas que son identitarias del territorio entrerriano: “¿qué pasa con las mujeres rurales? y específicamente, ¿qué pasa con las mujeres de las familias que se dedican a la cría intensiva de pollos parrilleros, que trabajan a la par de los varones en los galpones de lunes a lunes, pero además, cuidan la casa, crían a los hijos?, ¿quién las cuida a ellas cuando necesitan ir al ginecólogo o transitar un embarazo a kilómetros del hospital?”. Marcel dice que esas preguntas que eran “una incomodidad,fueron las que me guiaron hasta la Beca del CIN para armar el plan de trabajo sobre las trayectorias de atención en salud sexual y reproductiva en mujeres de familias rurales”. Y en un trabajo interdisciplinario logró un abordaje que le da “orgullo junto a psicólogas, sociólogas y obstétricas que trabajamos juntas para entender la salud ambiental y comunitaria de nuestra región.”.
Las Becas EVC-CIN son los primeros pasos en la vida de un/a joven que se interesa por un tema. Y si bien están lejos de imaginarse como un científico con peluca blanca, vuelven a partir de la intriga por conocer primero y humanizar la ciencia, después. El cambio actual, es que las juventudes lo hacen desde sus propios lenguajes, códigos culturales y generacionales.
“Todo empezó en esta aula, cursando Inteligencia Artificial” dice Gabriel Cenciarini estudiante de la Facultad de Ciencias de la Alimentación de la UNER que fue pionero en unir ramas profesionales en su Facultad aplicando “soluciones de ingeniería mecatrónica a problemas de la industria de los alimentos”. En el Laboratorio de Análisis de Metales en Alimentos y Otros Sustratos (LAMAS), se llevan a cabo diversas investigaciones correspondientes al estudio de microalgas pero son procesos que se realizan de forma manual, esto implica un cuello de botella en el avance de resultados. “¡Había que contar una a una todas las microalgas!” dice Cenciarini. Su idea tuvo que ver con “transformar el laboratorio y crear una solución real haciendo que los trabajos manuales se automaticen”. Esto les iba a posibilitar a los investigadores tener más tiempo. Entonces se propuso “crear un sistema completo que, utilizando un teléfono celular ubicado en el ocular del microscopio, pueda analizar con inteligencia artificial la muestra, detectando y contabilizando todas las microalgas observadas”. Pero Cenciarini no era un experto en IA, “empecé conociendo solo lo básico, sumado a que jamás había estado en un laboratorio”. La clave, sostiene, es que no se “necesitan más que ganas para empezar a investigar”.


Tal como ocurre en otros espacios como los deportes, las artes, la música, donde los jóvenes se desarrollan y exploran el mundo, las Becas EVC-CIN, son un semillero de futuros profesionales con arraigo en saberes específicos que van desde las ingenierías, hasta las ciencias de la salud, las ciencias sociales, exactas, naturales y agropecuarias. Y todas sus preguntas, buscan soluciones, intercambios, y futuros escenarios hasta ahora impensados.
Mercedes Razzeto asegura que muchas veces se piensa que “la investigación es un ámbito reservado para especialistas, sin embargo, te permite crear nuevas herramientas, ampliar la mirada profesional y contribuir a la generación de nuevo conocimiento que puede tener un impacto real en tu comunidad”. Es estudiante de Nutrición en la Facultad de Bromatología y obtuvo una Beca EVC-CIN a partir de un proyecto de investigación denominado “Diseño de prototipos de productos saludables ricos en fibra y proteína destinados al adulto mayor”. Razzeto dice que su experiencia personal atravesó lo académico y “trabajar junto a personas adultas mayores comprometidas, motivadas y aplicando cambios en su vida cotidiana” fue enriquecedor y la motivó a proyectarse en un trabajo profesional a futuro junto a los adultos mayores. Razzeto desarrolló “propuestas alimentarias adaptadas a las características, las preferencias y las necesidades de esta población en base a sus ideas, y experiencias. Como resultado, se diseñaron panes con aporte de fibra y de proteínas”, pensados especialmente, para esta etapa de la vida.
Si te dicen genes y biotecnología, podrías pensar en un universo difícil de trasladar a una bebida que le gusta mucho a los argentinos: el vino. Belen Medina asoció ese campo a la producción vitivinícola. Es estudiante de la Facultad de Ciencias de la Alimentación y todo empezó tempranamente en un aula cuando una docente de la clase de Biología habló de un trabajo de investigación con genes y su relación con la calidad de la carne. Fue recién unos años después que Medina solicitó una Beca EVC-CIN para continuar sus estudios en la “producción de vinos de la variedad tannat utilizando microorganismos nativos que a través de la estrategia de inoculación de bacterias lácticas durante la elaboración de este tipo de vinos, busca mejorar otro tipo de vinificaciones”. Parece difícil pero en este camino, Medina no sólo encontró soluciones aplicadas a un sector en crecimiento, sino que además, pudo intercambiar sus avances en las 32° Jornadas de Jóvenes Investigadores de AUGM donde conoció a “un montón de investigadores del país y de otros países” que le dejó “una experiencia super enriquecedora y de mucho intercambio”.
El recorrido para las universidades, también es previo a una convocatoria del sistema científico nacional. Empieza con despertar la curiosidad, abrir espacios de intercambio y estar atentos a esa chispa que enciende la vocación científica temprana. Hay que romper con los mitos, dice Abril Marcel. “Como futura médica, no me conformo con ver cómo son las cosas, o que la salud llegue tarde. Quiero investigar, quiero ser parte de algo mejor, y quiero ser parte de una solución”, agrega convencida.
Investigar implica una inversión económica por parte del Estado y de las universidades públicas. En 2025 la universidad aportó $5.168.050,00, mientras que en 2026 fue de $2.851.700,00, para el sostenimiento de las Becas EVC CIN. En total el aporte de UNER destinado fue de $8.019.750,00 ante el incumplimiento de la transferencia de los fondos que debían llegar desde la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU) del ministerio de Capital Humano. Sin embargo, en la actualidad el sistema universitario no atraviesa un contexto esperanzador para la investigación temprana. El Gobierno nacional desfinanció este impulso y dejó a los jóvenes no sólo de Entre Ríos, sino de todo el país, sin las Becas EVC-CIN, fundamentales para el sostenimiento de la actividad científica y la estimulación en los inicios de la carrera de investigación. En nuestra provincia, 19 estudiantes de la UNER pudieron sostener esa chispa durante un año y medio, gracias a los recursos extraordinarios que dispuso la UNER para mejorar el monto de la Beca, que pasó de $30 mil pesos a $45 mil. Un monto que si bien sigue siendo bajo, buscó mejorar los estándares con el esfuerzo de una política universitaria de sostén de un sistema científico que se organiza en etapas, e implica partir de una trayectoria de formación de investigadores e investigadoras sostenida en el tiempo, desde los primeros pasos en el grado hasta la inserción profesional en el sistema científico nacional. En este sentido, la UNER no solo gestiona becas, construye un ecosistema de desarrollo científico. Un sistema que articula desarrollo y oportunidades, con instituciones, empresas, industrias, comunidades, áreas de gobierno y tantos otros sectores como podamos imaginar, para que cada vez más personas puedan investigar, innovar y contribuir al desarrollo regional.
Al mismo tiempo, involucra una inversión de tiempo por parte de las personas que integran el sistema universitario, y eso lo confirma Belen Medina quien pasó mucho tiempo en el laboratorio mientras sostenía sus estudios; que no lo logró por ser “una persona superdotada, eso no es algo necesario para ser investigador. Con tener muchas ganas de aprender, ser curioso y el deseo de resolver algún problema, es más que suficiente”. El punto de partida suele ser el programa de Becas EVC-CIN y es la que puede cambiarte la vida, dice Gabriel Cenciarini: “Abrazar esa curiosidad y animarse a ir más allá significa que hacer ciencia muchas veces es volver a jugar y explorar el mundo con la inocencia de los niños. El mundo nos vende la idea de que los investigadores son seres serios, sin emociones pero todo eso es mentira. Investigar es aprender, es animarse y Argentina lo necesita”.
Porque cuando los y las jóvenes investigan y desarrollan sus vocaciones científicas, transforman su inquietud en un compromiso con el entorno; al vincular el saber académico con nuestra realidad, no solo generamos conocimiento, estamos construyendo el motor de desarrollo de nuestra región.”
